Por: José Piedad Francisco Javier Ortiz Rojas

En la época prehispánica en el sitio que ahora ocupa La Piedad de Cavadas, Michoacán, a las orillas del entonces caudaloso río Chingahuapan (luego río Grande y ahora río Lerma), se encontraba un asentamiento denominado Aramútaro (después Aramutarillo), en el lugar que conocemos como El Cerrito del Muerto, centro cívico ceremonial, de cuya invaluable construcción no queda casi nada. En la cercana comunidad de Zaragoza en el denominado Cerro de los Chichimecas se localiza un asentamiento con importantes construcciones y valiosos materiales arqueológicos que muestran que era un considerable centro agrícola.

También la Mesa de Potrerillos ofrece vestigios arqueológicos relevantes. Estos tres sitios indican el desarrollo cultural que en los siglos anteriores a la Conquista tuvo la región como lugar de alto valor agrícola y pesquero y revelan su pertenencia a la gran Cultura de Occidente. Por otra parte, desde tres siglos antes de la llegada de los españoles se conoce históricamente la presencia de tarascos y chichimecas.

En las monografías escolares de los años sesentas se leía que: “En el siglo XII de nuestra era, durante su larga peregrinación. Los aztecas fundaron a la orilla del río el pueblo de Zula, cuyo nombre significa lugar de codornices”. También que “en 1380, las huestes de Tariácuari, rey de los purépechas, conquistaron el pueblo y le pusieron por nombre Aramútaro, que significa lugar de cuevas”. Además decía que “El 20 de enero de 1530, día de San Sebastián, las tropas de don Antonio de Villarroel, Lugarteniente de Nuño de Guzmán, tomaron posesión del lugar, al que llamaron San Sebastián de Aramutarillo”. Finalmente que “En marzo del mismo año de 1530 don Nuño Beltrán de Guzmán repartió tierras y los solares entre los españoles que decidieron avecindarse en el lugar y nombró a fray Juan de Padilla y a fray Juan de Badía como evangelizador de los indios”.

En un texto de Matías Ángel Mota Padilla (1742) se menciona que Nuño Beltrán de Guzmán, en su viaje a San Martín Zula, Jalisco y de ninguna manera a lo que ahora es La Piedad. El dato fue repetido por el canónigo José Guadalupe Romero (1861), luego por Mariano de Jesús Torres (1915), después por Edmundo M. Flores (1920), por José Ortiz Servín (1930), por Refugio López de la Fuente (1931) y posteriormente por don Jesús Romero Flores (1958) generando la leyenda de que el 20 de enero de 1530 fue fundada La Piedad.

Lo que si es cierto es que quizá desde 1685, se celebraba cada año, en esa fecha, al antiguo santo patrono San Sebastián. De igual manera se dice que el dato se tomó de Joaquín García Icazbalceta, lo que constituye una mala lectura de la obra de este importante investigador. Muchos otros historiadores y cronistas repitieron la información entre ellos: Jesús Álvarez Constantino (1967), Isidro Castillo Pérez (1976), Rafael Gallegos Llamas (1980) y Manuel Ayala Tejeda (1987).

En 1575, el insignificante caserío de indios llamado Aramútaro se enfrenta a los ataques de los chichimecas que incursionan desde la banda opuesta de Río Grande y en esas fechas se construye, por indios de Tlazazalca, el Fuerte de San Juan en lo que hoy se conoce como San Juan y El Fuerte, sin que se mencione la existencia de Aramútaro. Es hasta 1592 cuando se refiere este poblado en el documento que se expide para llevar a Santiago Atacheo, Tzayzquareo, Capatacuaro, Caurio, Cuxuarato y Aramútaro a la cabecera de Tlazazalca. Al año siguiente Aramútaro desaparece y sus habitantes se incorporan a la mencionada cabecera por orden del virrey Velasco, de tal manera que Aramútaro o Aramutarillo no figuran en la Minuta y Razón del Obispado de Michoacán.

No vuelve a aparecer Aramútaro sino hasta 1637, pero entonces con el nombre de San Andrés Aramutarillo y su censo asciende a 12 familias, 5 viudas, 4 muchachos, 5 muchachas. Para 1685 ya se le conoce con el nombre de San Sebastián Aramutarillo, así aparece en el acta matrimonio de Antonio Naranjo, mulato de Peribán y Micaela Pulido, mestiza de Zináparo.

El 24 de diciembre de 1687 en la Buena Huerta de Yurécuaro, Blas Martín Urierte, Catalina Segura, Juan de la Cruz y Juan de Aparicio Segura encuentran la imagen de un cristo en un tronco de tepame. Al año siguiente y después del sorteo de la imagen, esta es entregada al pueblo de Aramutarillo, que es un corto pueblo de indios, y es recibida por Antonio Tejeda, Nicolás Álvares del Castillo y Blas Martín y depositada en una pobre ermita situada en terrenos de el Portero de Tejada, de ahí es trasladada a la parroquia de Tlazazalca donde permanece por un tiempo.

En 1683, sólo había, según El Fénix, tres casas de indios y la de don Luis Bravo Coello, era éste el administrador de la hacienda de Santa Ana Pacueco, propiedad de don Alonso Estrada Altamirano, y serán ellos los que inicien la construcción del primer templo, con la colaboración del Lic. Juan Martínez de Araujo, cura de Tlazazalca, y del maestro albañil Juan de Urbina, dando principio a la formación del llamado Barrio Viejo.

Tres son las haciendas que circundan a Aramutarillo, las mencionadas Santa Ana Pacueco y El Potro de Tejeda, y Quiringüicharo, propiedad de don Luis Miguel de Luyando, en cuyos terrenos se localizaba “La buena Huerta” lugar de la invención del Cristo de La Piedad. Los dueños y arrendarios de estas haciendas son, después de los mulatos e indios, los iniciales vecinos españoles de aquel incipiente poblado.

Posteriormente, para 1741, se empieza la construcción de un nuevo templo, magnífica obra debido a la generosidad del, para entonces, dueño de Santa Ana, don Pedro Pérez de Tagle, edificación que permitió que se duplicara el tamaño del pueblo con la creación del Barrio Nuevo.
Entonces, vendrán los clérigos letrados, a los que Don Alberto Carillo Cázares llama “los arquitectos de la sociedad piedadense”, a saber: el diseñador, don Juan Martínez de Araujo; el fundador, don Juan López de Aguirre; el consolador don Cristóbal de Luque; el autor del primer crecimiento de La Piedad, Lic. D. Félix de Jaso y Payo; los alcalde mayores, don Nicolás Enríquez de Terán y don Antonio de Jaso; y el inventor de La Piedad, don Agustín Francisco Esquivel y Vargas.

Así el avecindamiento que dio lugar al poblamiento de La Piedad fue un proceso en el que primero los mulatos e indios, después los españoles dueños de las haciendas y sus arrendarios, y luego los curas letrados son quienes dieron origen y evolución a aquel incipiente poblado que ahora es La Piedad de Cavadas y se ha llamado Aramútaro, Aramutarillo, San Sebastián de Aramutarillo, pueblo La Piedad Cabadas, La Piedad Cavadas.

Se puede afirmar, que la fecha de nacimiento de La Piedad es el 25 de noviembre de 1692; fue entonces cuando el párroco de Tlazazalca don Juan López de Aguirre, otorga el nombre de pueblo de La Piedad al antiguo San Sebastián Aramutarillo. Y es en 1699 que se recupera la imagen del Señor de La Piedad que había permanecido 12 años en Tlazazalca, suceso que propicia el crecimiento de su vecindario.

La Piedad es, como dice Carrillo: “Un pueblo que no nace de la nada, sino de la voluntad de sus gentes, en que confluye el sustrato acogedor de los naturales, la búsqueda de casa y pan de los mulatos y mestizos en desamparo, la apostólica labor de los curas letrados y los “presbíteros labradores”, la fortaleza e inteligencia emprendedora de los españoles y criollos ganaderos.

Son los que pueblan La Piedad, los que crían ganados, roturan tierras y cultivan labores para llenar graneros y abastecer de mantenimientos los reales de minas y los pueblos, villas y ciudades de México que van creciendo con estas gentes, que trabajan, sufren, aman y sueñan el sueño de la Nueva España”.

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